De siempre nuestras mesas a través de la historia, si han querido jactarse de importantes han debido estar repletas de carnes con que agasajar a sus comensales.

Para muchos la carne es sinónimo de carne roja o de carne de buey. Si en Francia la carne de caballo es normal en el consumo de sus gentes, en Andalucía tierra donde el cerdo se da en abundancia el concepto se extiende a este mamífero tan apreciado y del que se obtiene tanto aprovechamiento.
Asados, estofados, albóndigas, filetes y tantas otras combinaciones culinarias han llenado nuestras mesas en incontables ocasiones y casi siempre el ingrediente que ha llevado la voz cantante ha sido la carne de buey y la de vaca y como hemos dicho la de cerdo en Andalucía.

Conforme nuestra sociedad afianzo su economía y dejo de constituir el comer, la preocupación cotidiana, los humanos comenzamos a desarrollar el misticismo por el consumo de la misma. Así a partir de cierto momento dejamos de comerla en la abundancia de antaño porque su alto contenido graso nos perjudicaba. Por cuestión de prevención también, lo hicimos cuando en un principio fueron las sustancias dadas en el desarrollo y crecimiento de los terneros, las que nos producían consecuencias posteriores a su ingestión, no beneficiosas para el cuerpo humano, por las hormonas administradas. Y en los últimos tiempos con la llamada enfermedad de las “vacas locas”, acabamos por dar nuestra sociedad un golpe definitivo al consumo de las carnes.

Pero no olvidemos que un menú bien equilibrado ha de estar compuesto de carnes. Así los investigadores han tratado de conseguir con elaboración de piensos determinados, que la carne sea más magra y que el precio de la misma caballo de batalla en nuestra historia quede mas o menos estabilizado o por lo menos asequible al bolsillo de la gran mayoría.
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